Globalismo en 2025

 A 10 años de la promulgación de la llamada "Agenda 2030" o también conocida como "Los objetivos de desarrollo sostenible" me invitaron en Ministerios Hechos de Amor para exponerles sobre qué está pasando.


¿Y qué está pasando realmente?

Las distintas revoluciones tecnológicas


Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios… porque mayor es el que está en vosotros que el que está en el mundo” (1 Juan 4:1–4). 

Todo lo que se expondrá no es para asustarnos, sino para centrarnos: el filtro principal del cristiano en tiempos de ruido informativo, de cambios culturales acelerados y de tecnologías asombrosas no es la novedad, ni la ideología, ni el experto de turno; es la persona y la obra de Jesucristo. Por eso, cuando “probamos los espíritus”, no preguntamos primero si una idea es popular o útil, sino qué dice de Cristo y de la verdad que Él revela.

“ No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2). Y también: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas… y examinadlo todo; retened lo bueno” (Colosenses 2:8; 1 Tesalonicenses 5:21). Estas advertencias e incluso les llamaría instrucciones; son herramientas prácticas para leer el momento que vivimos. Porque el punto no es “ganar una discusión”, sino aprender a discernir: ver la realidad como Dios nos manda verla, y caminar con fidelidad en medio de tensiones reales que afectan a nuestras familias, nuestras escuelas y nuestras iglesias.

Cosmovisión: el mapa previo al camino


Toda cultura se edifica sobre una cosmovisión: esa lente que responde—explícita o implícitamente—quién es Dios, quién es el ser humano, qué es el bien y el mal, cuál es el propósito de la historia. Dos personas pueden mirar los mismos datos y llegar a conclusiones opuestas si sus lentes son diferentes. Por eso, antes de debatir políticas o tecnologías, vale la pena preguntarnos desde qué mapa las estamos interpretando. El mapa bíblico nos sitúa en una creación buena, quebrada por el pecado y en proceso de redención por Cristo; nos recuerda la dignidad humana, los límites al poder, la responsabilidad personal y el valor de instituciones como la familia y la iglesia.

Al otro lado hay mapas que desplazan a Dios y prometen salvación secular: a veces por la economía, a veces por la política, a veces por la tecnología. El patrón no es nuevo. En el Edén, la serpiente comenzó sembrando la duda (“¿Conque Dios os ha dicho…?”), relativizando las consecuencias (“No moriréis”) y ofreciendo una autonomía divina (“seréis como Dios”, Génesis 3). En Babel (Génesis 11), el orgullo tecnificado levantó una torre para “hacerse un nombre”. La historia moderna reitera ese esquema con nuevos nombres y herramientas.

Un telón de fondo histórico

No todo lo moderno es malo: cuando se limitaron reyes, se protegió la propiedad, se abrió el comercio y se sometió el poder a la ley, florecieron libertad y prosperidad. Piensa en la Carta Magna (1215) y, siglos después, en las intuiciones económicas de Adam Smith (1776) sobre cooperación voluntaria y mercados. Pero también vimos cómo malas leyes—como las Corn Laws y ciertas Navigation Acts—pudieron empobrecer al encarecer alimentos o restringir el intercambio. La lección es sencilla y vigente: los discursos importan, pero lo que realmente moldea la vida de la gente son incentivos, instituciones y normas.

Tras los totalitarismos del siglo XX, un giro intelectual intentó “redimir” la historia desde la cultura. Marx había puesto el acento en la política y la economía; más tarde, autores como Gramsci o la Escuela de Frankfurt propusieron una revolución que avanzara cambiando lenguaje, moral, educación y familia. La lucha de “opresores vs. oprimidos” se trasladó a identidades y símbolos. Esa lógica, hoy, impregna currículos, medios y políticas públicas. No es casual: quien nombra define; quien educa forma hábitos; quien regula fija los límites de lo posible.

Globalismo y gobernanza tecnocrática


En ese contexto aparece lo que muchos llaman globalismo: no la globalización económica (abrir mercados y conectarnos), sino un proyecto de gobernanza supraestatal que concentra decisiones en cónclaves de expertos, organismos internacionales y redes filantrópicas. Se fijan metas e indicadores, se elaboran marcos de “mejores prácticas” y se impulsa “soft law” que, aunque no siempre vinculante, termina modelando legislaciones nacionales. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible expresan esa ambición de coordinarlo todo desde arriba. Hay cosas "muy bonitas" en esas agendas (reducción de pobreza, salud, educación), pero... ¿qué visión del ser humano sostiene estas metas?, ¿qué límites tiene el poder que las promueve?, ¿cómo se rinden cuentas cuando las decisiones se toman lejos del ciudadano? o quizá es importante preguntarnos ¿estamos de acuerdo con esas medidas?

(Al final podría redactar un artículo completo por cada uno de estos objetivos)

También reaparecen viejas teorías (ya obsoletas) como el malthusianismo—la idea de que “somos demasiados”—que, con lenguaje renovado, justifican controles demográficos o restricciones productivas. La experiencia histórica y los datos agrícolas recientes sugieren que cuando hay libertad para innovar, instituciones sanas y comercio abierto, la productividad crece y el problema es de acceso y gobernanza, más que de “falta absoluta” de alimentos.

La familia en el viento cruzado

Aterrizando: ¿qué presiona hoy a nuestras familias? Primero, la politización total de la vida—como si todo se resolviera con el voto correcto—que nos distrae del llamado cotidiano a formar carácter y hábitos. Segundo, una revolución cultural que redefine lenguaje, identidad y moral desde la escuela, los medios y las plataformas. Tercero, una tecnología ubicua que, sin prudencia, erosiona el recogimiento, fragmenta la atención y sustituye conversaciones por pantallas. El resultado no es neutral: los niños y adolescentes están aprendiendo qué amar, qué temer, qué celebrar y qué callar… con o sin nosotros.

La respuesta cristiana no es retirarse del mundo, ni abrazar un alarmismo sin sentido, sino ordenar la casa: Estudio de la Palabra, devocionales y oración diarias aunque sean cortas; mesa sin pantallas para recuperar conversaciones; una franja semanal sin redes para recordar quién manda a quién; dispositivos fuera del dormitorio; educación explícita sobre desinformación, deepfakes y privacidad; acompañamiento respetuoso en la escuela para pedir pluralidad y alternativas razonables cuando haya contenidos sensibles. No son “reglas anti-tecnología”; son hábitos de libertad.

IA: promesas y peligros 


La Inteligencia Artificial actual es poderosa, pero no mágica. Los modelos generativos aprenden patrones y predicen probabilidades del siguiente fragmento de texto, imagen o audio. No “buscan la verdad”; generan contenido plausible según su entrenamiento. Eso los hace útiles (productividad, creatividad asistida, diagnóstico preliminar) y, al mismo tiempo, riesgosos: sesgos, privacidad, vigilancia, manipulación de opinión, deepfakes, armas autónomas, videos generados con IA (para esta fecha, recientemente salió la segunda versión del generador de videos de OpenAI, Sora 2). La Biblia nos ofrece un ancla: la IA no tiene alma ni puede sustituir la dignidad y la responsabilidad humanas. El problema nunca es la herramienta en sí, sino el corazón que la usa (“Dice el necio en su corazón: no hay Dios”, Salmo 14:1). Por eso, necesitamos marcos éticos, leyes prudentes y, sobre todo, personas responsables que empleen la tecnología éticamente incluso para el beneficio de la iglesia, no como adoradores de un ídolo nuevo.

Transhumanismo (la vieja promesa con traje nuevo). Cuando Carl Sagan abre Cosmos diciendo, en esencia, que “lo único que hay es el cosmos”, nos describe un mundo cerrado sin Dios (incluso algunos autores describen su creencia como panteismo solapado); desde ahí, el transhumanismo sueña con superar nuestros límites a golpe de chips y biotecnología. El autor israelí y asesor del "World Economic Forum" Yuval Noah Harari lo pinta como un “homo deus” (el hombre dios) en donde los datos, edición genética y algoritmos van empujando la idea de que la vida es un proyecto de ingeniería. Esto nos recuerda Génesis 3 y vuelve a sonar: “seréis como Dios”. Más poder no es más sabiduría; y cuando la técnica se absolutiza, y sabemos que será así debido a su cosmovisión, las personas corren el riesgo de volverse cosas (o simples datos). Nuestra esperanza no es “parchar” la muerte con hardware o sistemas sofisticados, sino vivir en Cristo y poner la tecnología a Su servicio, no en Su lugar.

Profecía sin sensacionalismo

Cuando algo “suena a Apocalipsis”, conviene recordar tres cosas. Primero, la hermenéutica: los textos proféticos se leen con respeto al género, al contexto y a la centralidad de Cristo; los símbolos no son licencia para la imaginación sin freno. Segundo, las señales no son fechas: Jesús advirtió contra la ansiedad por cronogramas, a la vez que nos mandó velar. Tercero, no invertimos el orden: no leemos la Biblia desde las noticias; interpretamos las noticias desde la Biblia. Así evitamos etiquetar cada agencia, ley o chip como “la marca” y, a la vez, no caemos en ingenuidad: vemos tendencias reales (centralización, control, fragilidad de la verdad pública) y respondemos con santidad práctica, esperanza activa y misión clara. No olvidemos la Gran Comisión, "Haced discipulos a todas las naciones..."(Mt. 29:19)

Un camino practicable

Como familias, iglesia e individuos, podemos comenzar con ciertas rutinas para poder blindarnos de todo esto Y la rutina podría comenzar así: diez minutos diarios de Palabra y oración en familia; comer conversando; veinticuatro horas semanales sin redes para que el corazón recuerde que el Señor es suficiente; revisar juntos la higiene digital una vez al mes; hablar breve y claro con los hijos sobre lo que usan (“¿qué te ofrece esta app y qué te pide?”), sobre lo que ven en noticias (datos, consecuencias, poder) y sobre su identidad (valen más que sus “me gusta”). En la escuela, pedir con respeto conocer contenidos por adelantado cuando toquen temas sensibles, proponer alternativas sin castigos y ofrecerse a sumar con talleres de verificación digital o hábitos saludables. En la iglesia, cultivar amistades intergeneracionales, mentores y espacios donde el Señorío de Cristo sobre toda la vida no sea eslogan, sino práctica.

Y vuelta al principio, porque la clave no es nuestra brillantez estratégica, sino la presencia del Señor: “El que está en vosotros es mayor…” (1 Juan 4:4). Con esa certeza sí tiene sentido “examinarlo todo y retener lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21), “no conformarnos a este siglo” (Romanos 12:2) y cuidarnos de “filosofías y huecas sutilezas” (Colosenses 2:8). Nos toca vivir en una hora compleja, pero no estamos a la deriva. Tenemos un mapa, un Salvador y una misión.

Y no olvidemos:

Porque mayor es el que está en vosotros que el que está en el mundo.’ (1 Juan 4:4)

Juan A. Herrera C.

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Lecturas recomendadas

La Batalla Por El Comienzo – John MacArthur (PORTAVOZ)
La Abolición Del Hombre – C.S. Lewis (NELSON)
A Christian Manifiesto – Francis Schaeffer (CROSSWAY)
La Ley – Frédéric Bastiat (CEES)
La Fatal Arrogancia – F.A. Hayek (UNIÓN)
1984 – George Orwell (MINOTAURO)
Un Mundo Feliz – Aldous Huxley (DEBOLSILLO)
Fahrenheit 451 – Ray Bradbury (MINOTAURO)



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