Los ídolos modernos y sus falsos profetas (I)

 “Cuando los hombres dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada; es que se lo creen todo.”

G.K. Chesterton



Vivimos en una época donde las grandes palabras (libertad e igualdad*) parecen haber perdido su verdadero sentido. La vida individual y creativa se ve cada vez más sometida al control de los Estados, mientras la confianza en la democracia se desvanece entre la corrupción, la manipulación y los engaños que impregnan la vida pública. En este (desalentador) panorama, como el vacío físico, el vacío que dejan estas ideas que se pierden, no permanece vacío por mucho tiempo: pronto es "rellenado" por nuevas doctrinas que, bajo apariencia de justicia social o progreso, buscan uniformar el pensamiento y dirigir la educación según su conveniencia.

"Offering to Molech" (Charles Foster, 1897).

Con la Iglesia ausente —en muchos casos de forma deliberada— de los espacios educativos y el Estado controlando cada nivel de enseñanza, desde la primaria hasta la universidad, la expansión del adoctrinamiento se vuelve inevitable. 

El "miedo" ambiente 

En este escenario surge una nueva fe global: la religión del clima, o como algunos autores la llaman, la Calentología. Millones de personas la siguen con una devoción casi mística, repitiendo los dogmas que sus líderes imponen desde las sombras del poder. Poco importa que las antiguas profecías del desastre —como las de los neomalthusianos Ehrlich o Meadows— se hayan demostrado falsas. No llegó la hambruna universal ni la superpoblación que se nos prometió como castigo. Superado también el miedo apocalíptico al “fin del petróleo” y al cambio de milenio, el nuevo credo necesitaba un enemigo común que mantuviera ese miedo y la obediencia. Y lo encontró: el calentamiento global, convertido hoy en bandera moral, en causa redentora y, para algunos, en el nuevo altar de una religión sin trascendencia.

Antes de que el “calentamiento global” se convirtiera en credo universal, hubo otros intentos de levantar altares al miedo. El enfriamiento global, por ejemplo, no prosperó —quizá porque la realidad se negó a seguir el guion. Luego vino la cruzada contra los clorofluorocarbonos (CFC), que desembocó en el Protocolo de Montreal. Pero, a pesar de los pronósticos más oscuros, los desastres anunciados nunca llegaron: no se agotaron los minerales, no faltan los alimentos, la contaminación ha disminuido, los bosques en el mundo desarrollado crecen (en las siguientes entradas exploraremos este fenómeno a profundidad), y los ríos están más limpios que hace décadas. Paradójicamente, vivimos en una de las épocas más saludables y abundantes de la historia.

Los neomalthusianos: profetas del desastre moderno

El pensamiento neomalthusiano toma su nombre de Thomas Malthus, un clérigo y economista británico del siglo XVIII que, en su famoso Ensayo sobre el principio de la población (1798), advirtió que el crecimiento demográfico siempre tiende a superar los recursos disponibles, llevando inevitablemente a la miseria, el hambre y la guerra. Aunque su predicción nunca se cumplió —gracias al progreso agrícola, la innovación tecnológica y la expansión del comercio—, su sombra ha resurgido una y otra vez bajo distintos nombres y rostros.

A mediados del siglo XX, Paul Ehrlich, biólogo estadounidense, reavivó ese temor con su libro "The Population Bomb" (1968), donde aseguraba que millones morirían de hambre en las décadas siguientes por la explosión demográfica. Su mensaje fue amplificado por grupos ambientalistas y por los medios de comunicación, generando una ola de pánico que justificó políticas de control de natalidad en varios países, algunas de ellas tan drásticas como moralmente cuestionables.

Casi al mismo tiempo, Dennis y Donella Meadows, junto al Club de Roma, publicaron "Los límites del crecimiento" (1972), un informe que advertía del inminente colapso económico y ecológico del planeta debido al consumo excesivo de recursos. Su enfoque, basado en modelos computacionales simplificados, vaticinaba que a comienzos del siglo XXI nos enfrentaríamos a una crisis global irreversible. Sin embargo, esas predicciones tampoco se cumplieron: la producción agrícola, energética y tecnológica no solo se multiplicó, sino que lo hizo de forma más eficiente y sostenible que nunca.

Pese a ello, el mensaje neomalthusiano sobrevivió —y se adaptó. Dejó atrás el lenguaje de la escasez y adoptó el del cambio climático, manteniendo intacta su estructura moral: el ser humano como (único) culpable, la ciencia como oráculo y el sacrificio colectivo como redención. Lo que antes era “demasiada gente”, ahora es “demasiado carbono”; lo que antes eran profecías de hambre, hoy son predicciones de calentamiento global.

Continuará...


Juan A. Herrera

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* Igualdad solo puede existir ante la ley

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