¿Es el socialismo el “ideal cristiano”?


Primero, aclaremos qué es el cristianismo

En 2018 el Papa Francisco afirmó que “el socialismo es el ideal cristiano”. Antes de comparar “cristianismo, socialismo y capitalismo”, conviene ordenar los conceptos: ¿qué es el cristianismo? ¿Es religión o “solo una relación”? ¿Qué entiende la Biblia por “religión pura”? Y, sobre todo, ¿por qué la fe cristiana es objetiva y exige razones, mente y corazón?

¿El cristianismo es religión o solo “una relación”?

En el habla popular suele oponerse religión a relación, pero el Nuevo Testamento usa el término “religión” sin miedo y lo califica moralmente según su fruto. Santiago 1:26–27 contrasta una religiosidad inútil (sin dominio de la lengua) con una “religión pura y sin mancha” que cuida de huérfanos y viudas y se guarda de la corrupción del mundo:

“Si alguien se cree religioso pero no refrena su lengua, se engaña a sí mismo y su religión no sirve para nada… La religión pura y sin mancha delante de Dios Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.” (Stg 1:26–27)

Dicho de otro modo: el cristianismo no es menos que religión; es más profundo que un eslogan. Incluye creencias verdaderas, práctica ética y adoración a Dios.

Definición básica y mandato cristiano

Si vamos a definiciones amplias (RAE o definiciones filosóficas sobrias), religión es un conjunto de creencias, ritos y prácticas en torno a Dios. El cristianismo, entonces, es religión en tanto que confiesa a Jesucristo y vive bajo su señorío.

Además, Jesús comisiona a su iglesia:

“Vayan y hagan discípulos de todas las naciones…” (Mt 28:19)

No manda repetir consignas ni medias verdades, sino formar discípulos en la verdad del evangelio.

Fe cristiana: objetiva, con contenido y razones

La fe cristiana es objetiva porque tiene un objeto específico: Jesucristo. No es mero sentimiento espiritual. Como ha insistido la apologética contemporánea, si el cristianismo es verdadero, se siguen consecuencias existenciales enormes. 

  • Sentido real para la vida.
  • Valores y deberes morales objetivos.
  • Propósito personal no ilusorio.
  • Esperanza de liberación frente a sufrimiento, envejecimiento y muerte.
  • Perdón de nuestras culpas.
  • Relación personal con Dios y vida eterna.

Estas afirmaciones no invitan a credulidad ciega, sino a examinar razones y responder con inteligencia.

Amar a Dios con la mente (no solo con el corazón)

Cuando un maestro de la Ley pregunta cuál es el mandamiento principal, Jesús responde:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.” (Mc 12:28–34)

Y el apóstol Pedro exhorta:

“Santifiquen a Cristo como Señor en sus corazones, estén siempre preparados para presentar defensa ante todo el que les demande razón de la esperanza que hay en ustedes.” (1 P 3:15)

No se trata de pelear con todos, sino de estar listos para explicar con mansedumbre y respeto lo que creemos y por qué lo creemos.

Gracia frente a obras: la diferencia decisiva

Muchos sistemas religiosos enfatizan obras humanas (rituales, recitaciones, esfuerzos acumulativos, reencarnaciones, “puntaje espiritual”). El corazón del cristianismo bíblico, en cambio, no descansa en lo que hacemos para ganar a Dios, sino en lo que Cristo ya hizo: su obra en la cruz y su resurrección. La salvación es un regalo recibido por la fe, no un trofeo por desempeño. De ahí que los actos de misericordia (como en Santiago) no compran el favor de Dios; lo reflejan.

Conclusión: ordenar los conceptos antes de comparar sistemas

Antes de aceptar consignas del tipo “el socialismo es el ideal cristiano”, hay que definir cristianismo con rigor bíblico: religión pura que adora a Dios, ama al prójimo, usa la mente, ofrece razones y se funda en la gracia de Cristo. Solo entonces podremos comparar con honestidad otros sistemas como socialismo y capitalismo, y evaluar compatibilidades e incompatibilidades.


Próximo artículo: ¿Qué es el socialismo? Una definición clara y un marco para compararlo con el cristianismo y con el capitalismo.


Juan A. Herrera

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