Del gobierno limitado al estatismo: cómo perdimos los frenos al poder
Naturaleza humana y necesidad de gobierno
El punto de partida no es una utopía del hombre perfecto, sino una antropología realista: criaturas capaces de bien y de mal. Por eso se justifica un gobierno civil que contenga las manifestaciones más dañinas del pecado (engaño, violencia, abuso). Pero el poder no garantiza sabiduría ni integridad: también necesita frenos y contrapesos.
La tradición del gobierno limitado
De Agustín a Tomás de Aquino y John Locke, se consolidó la idea de que el poder debe estar acotado: por ley, por instituciones, por responsabilidad moral. Ese entramado se conoció como gobierno limitado y articuló buena parte del constitucionalismo moderno.
La desconexión del fundamento bíblico
Durante siglos, el gobierno limitado se apoyó en convicciones bíblicas sobre la falibilidad humana. En el siglo XIX esa conexión comenzó a debilitarse y, con ella, el andamiaje intelectual que daba sentido a los límites. Al diluirse el suelo moral, creció la tentación de proyectos que confían más en ingeniería social desde arriba
Del “dejar hacer, dejar pasar” al avance del estatismo
Mientras prosperaba la libertad económica (el “dejar vivir y actuar”), surgieron corrientes que desconfiaban de la acción privada y promovían intervención estatal. El siglo XX vio el auge del socialismo y el estatismo —y otras variantes colectivistas— que fueron desplazando al liberalismo clásico como paradigma dominante.
Por qué nos importa hoy
Cuando se erosiona la cultura del límite, la expansión del Estado se vuelve el reflejo automático ante cada problema. Pero más poder no equivale a más bien común: puede degradarse en control, ineficiencia y abuso. La historia reciente muestra que sociedades libres (con responsabilidad y estado de derecho) corrigen mejor sus fallas que los regímenes planificados.
Recuperar la lógica del límite
La tesis es simple: sin límites al poder, el poder se desordena. Reanclar la política en una antropología realista —que comprende la dignidad y la caída del ser humano— devuelve sentido a los frenos institucionales y a la responsabilidad personal. Es un llamado a pensar antes de entregar más poder “por solución".
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