Cómo se sostiene una dictadura

 

El “secreto” del poder: tu obediencia


Todo gobierno necesita autoridad reconocida, recursos humanos y materiales, información, habilidades técnicas y mecanismos de sanción. Nada de eso existe sin personas e instituciones que lo suministren. Por eso, los regímenes autoritarios trabajan sin descanso para asegurar obediencia: con fuerza, amenaza, propaganda y dinero.

Si la autoridad deja de ser reconocida, el poder comienza a desintegrarse.

 La medida de libertad o tiranía en una sociedad refleja, en gran parte, la determinación de los gobernados: su voluntad y capacidad para poner límites a los intentos de dominación.

Tres cambios interiores que lo cambian todo

Antes del cambio externo (desobediencia civil, no cooperación), se necesita un cambio psicológico y moral:

  1. De sumisión pasiva a autorrespeto y valor.
    Reconocer la propia dignidad como imagen de Dios (Gn 1:27) derriba el servilismo.

  2. Tomar conciencia del rol propio.
    Entender que nuestra cooperación sostiene el régimen: nóminas, datos, logística, legitimidad.

  3. Forjar la determinación de retirar obediencia y cooperación.
    No es impulso aislado, es decisión serena y estratégica.

Un poder totalitario es “fuerte” mientras casi no necesita usar la fuerza: el miedo, amenazas de inferencia extranjera y la costumbre hacen el trabajo. Pero cuando la ciudadanía desafía con constancia, el régimen se ve obligado a reprimir a la vista de todos, y empieza a tambalear.

Tres palancas sociales para acotar al Estado

Dado que el gobierno es operado por personas, su poder disminuye cuando auxiliares, funcionarios y organismos se niegan a cumplir órdenes injustas. Tres factores marcan la diferencia:

  • Límite cultural al poder: el deseo real de imponer límites al gobierno.

  • Fortaleza de instituciones independientes: iglesias, familias, asociaciones, gremios, universidades, medios y empresas capaces de retener recursos y sostener autonomía moral.

  • Capacidad de negar consentimiento y apoyo: habilidad ciudadana para decir “no” (no violencia, no cooperación, no participación en actos de propaganda).

En contra del poder absoluto

La Escritura es clara: ningún poder humano es absoluto.

  • Límites al rey: Deuteronomio 17:14–20 establece que el gobernante debe someterse a la Ley, no multiplicar poder ni riqueza, y no elevar su corazón sobre sus hermanos.

  • Advertencia contra el despotismo: 1 Samuel 8 describe al rey que tomará hijos, campos y cosechas; es la radiografía de la expansión del Estado sin freno.

  • Obediencia última a Dios:Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5:29) delimita la autoridad civil: cuando manda lo que Dios prohíbe o prohíbe lo que Dios manda, el cristiano no coopera.

  • Servicio, no dominio: Jesús contrasta a los “gobernantes que se enseñorean” con el liderazgo servicial (Mt 20:25–28). El modelo bíblico de autoridad sirve, rinde cuentas y se auto-limita.

  • Justicia y estado de derecho: Romanos 13 presenta la autoridad como ministra para bien (castigar lo malo, promover lo bueno), no como señora de conciencias. Cuando abandona su fin, pierde legitimidad moral.

 Tu “sí” y tu “no” valen más de lo que crees

Los regímenes dependen de una economía de obediencia. Cuando la conciencia bíblica despierta, recordamos que el poder humano es préstamo, no absoluto. Límites legales, instituciones libres y ciudadanos con columna vertebral forman el antídoto. Decir “no” al abuso y “sí” al bien no es simple rebeldía: es responsabilidad ante Dios y servicio al prójimo.


Juan A. Herrera

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Lectura recomendada

De la dictadura a la democracia - Un sistema conceptual para la liberación - Gene Sharp (DHARANA)


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